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¿Qué son los alimentos “enriquecidos” o “fortificados”?

Por Gabriela Garcia -
¿Qué son los alimentos “enriquecidos” o “fortificados”?


En las góndolas de los supermercados se pueden ver cantidad de artículos que anuncian tener cualidades superpoderosas. Desde lácteos y fideos hasta productos de higiene personal, muchos tienen agregadas vitaminas, minerales y otros nutrientes que los hacen más sanos. ¿Qué hay de bueno, o de malo, en estos cambios? 

En muchos casos, se trata de un recurso comercial para diferenciarse de la competencia. Pero en países con deficiencias nutricionales entre la población, la modificación de alimentos puede ser un buen recurso, que permite agregar suplementos para reforzar la dieta y mejorar la salud. Algunos de los nutrientes que se incorporan son vitamina A en niños menores de 5 años, y en niños y mujeres en edad reproductiva, hierro, ácido fólico, yodo y flúor.

Para favorecer el crecimiento infantil se suele agregar zinc, que también ayuda a prevenir o tratar enfermedades respiratorias y diarreas. En el mundo, la deficiencia nutricional más común es la de hierro, que causa anemia a un 30% de la población. 

La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) regula los porcentajes de micronutrientes que se agregan a los alimentos. Estos pasan a denominarse alimentos “fortalecidos” o “enriquecidos”. Pero ¿cuál es la diferencia?

Según la Academia de Nutrición y Dietas de EE.UU., un alimento “enriquecido” recibe nuevamente los nutrientes que perdió en el proceso de industrialización, tal como ocurre, por ejemplo, al obtener harina de trigo.

Si el alimento es “fortificado”, implica que se le agregan vitaminas o minerales que originalmente no contiene, como el yodo que se añade a la sal común, o la vitamina D a la leche. Esta última, soluble en grasa, se incorpora para favorecer la absorción de calcio y fósforo, pero en leches absolutamente magras pasan de largo por el organismo sin hacer ningún aporte de nutrientes. 

Además de los alimentos, hay otros productos enriquecidos, como por ejemplo champúes, cremas y hasta el dentífrico, al que se le agrega flúor para prevenir caries y fortalecer los dientes. Pero un exceso del mismo puede mancharlos, por eso solo deben utilizarlo personas que no tengan en su dieta o en el agua que consumen una concentración elevada de este elemento. 

La genética también ofrece la posibilidad de enriquecer alimentos, como por ejemplo el arroz dorado, al que se le adicionan betacaroteno, una importante fuente de vitamina A presente en los vegetales y frutas de color naranja como la zanahoria, la batata y el melón. Y si bien hay muchos detractores de la manipulación genética, tanto la FAO como la OMS coinciden en que son una mejora muy valiosa, que debe tenerse en cuenta.

 

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