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Ciclista diabético cuenta su hazaña

Por Dennis Thompson, Reportero de Healthday -
Ciclista diabético cuenta su hazaña

Un escritor que en una época casi sufrió de diabetes tipo 2 completa un maratón de dos días y 200 millas

VIERNES, 15 de julio (HealthDay News/HolaDoctor) -- Los niños me ofrecían sus manos por encima de las barreras cuando crucé la meta del Clásico de Bicicleta de Seattle a Portland el domingo, y se las estreché mientras pasaba, sintiéndome como una estrella de rock.

Más allá de la rampa, unos voluntarios entregaban unos parches azules y verdes, chillones pero gloriosos, a los que habían terminado la agotadora carrera de 202 millas que abarca dos estados. Tomé suavemente el parche ofrecido con una mano mientras me alejaba de la sonriente niña, yendo solo un poco más lento.

Al desmontarme, observé el parche más de cerca, y me recordé de los meses, o mejor dicho años, de entrenamiento que me habían permitido este momento.

En 2009, mi médico me dijo que mi obesidad había llevado mi salud al borde de la ruina. Era prediabético, mi colesterol estaba peligrosamente alto, y mis enzimas hepáticas estaban elevadas. Tenía los inicios del síndrome metabólico, un conjunto de afecciones que en combinación aumentan grandemente los riesgos de problemas cardiacos graves.

Afortunadamente, también tenía mi bicicleta. Me había aficionado a la bicicleta tras mi mudanza a Oregón varios años antes, y disfrutaba largos paseos los fines de semana, que se asemejaban al ejercicio, pero que no hacían nada para ayudarme a perder peso.

Así que comencé a comer mejor, reduciendo el azúcar y los carbohidratos simples, eliminando la mayor parte de las grasas de mi dieta, comiendo más frutas y verduras, y eligiendo carnes magras. Leía las etiquetas alimentarias como otras personas leen novelas de misterio.

Y también me tomé la bicicleta en serio. Comencé a montar bici al menos cuatro días por semana, y a levantar pesas o correr los días que no lo hacía.

Los resultados llegaron sorprendentemente rápido. En seis meses, había bajado de 270 a 210 libras. Mis niveles de colesterol malo se redujeron, al mismo tiempo que los de colesterol bueno aumentaron dramáticamente. Lo más importante fue que mis niveles de glucosa en sangre bajaron, y ya no estaba en peligro de desarrollar diabetes tipo 2.

Seguí montando bicicleta, en parte para mantener la pérdida de peso, pero sobro todo porque me encantaba hacerlo. Levantaba pesas y hacía ejercicios de equilibrio para mejorar mi rendimiento en la bicicleta. En 2010, hice unas 2,500 millas, disfrutando de largos ascensos por hermosos campos y emocionantes carreras con grupos rápidos.

Cuando mi esposa me sugirió que me inscribiera en la carrera de Seattle a Portland de este año, no era algo que podía simplemente descartar sin pensarlo. Pero al mismo tiempo, era aterrador. ¿Podía montar por más de 200 millas en dos días? ¿Dos centurias de bicicleta de seguido?

Decidí intentarlo.

La carrera comenzó el sábado por la mañana, que amaneció fresca y clara. Se apuntaron unos 10,000 ciclistas. Me levanté a las 4 a.m., y para las 5:30 a.m. ya estaba en la línea de inicio. En la mayoría de eventos de ciclismo, uno simplemente comienza a correr cuando lo desea, siguiendo la dirección de los marcadores de la carretera. En el Clásico de Seattle a Portland, o STP, no sucede así. Los organizadores nos hicieron salir en olas, reuniéndonos en la línea de inicio y haciéndonos salir con una emocionante fanfarria.

Las carreras de resistencia que más se disfrutan son aquellas en que los paisajes más hermosos están al principio. Hacia el final, los ciclistas en realidad no prestan atención a nada que no sea la carretera, la bicicleta y sus cuerpos.

El paisaje de las primeras veinte millas de la STP era simplemente hermoso. Al salir de Seattle, teníamos que rodear un hermoso lago. En un momento, los ciclistas podían ver tanto las delicadas torres del horizonte de Seattle como la imponente masa de Mt. Rainier al otro lado del agua, con su brillo dorado en el sol de la mañana.

Me reuní con algunos ciclistas que iban más o menos a mi misma velocidad, formamos un grupo, y pronto íbamos a hasta 25 millas por hora.

Ser obeso, aficionarse a la bicicleta y perder muchísimo peso tiene sus beneficios ocultos. Mi favorito es tener piernas de gordo. Las piernas se hacen muy fuertes, al cargar todo ese peso adicional. Cuando uno pierde peso, descubre que puede acelerar en las llanuras y escalar colinas como un monstruo. Si pierde peso, verá que sus piernas de gordo le dan una ventaja sobre los delgados ciclistas que nunca se han enfrentado a la obesidad.

Pronto me hallaba a la cabecera del grupo por periodos extendidos, y los otros ciclistas me seguían de cerca para aprovechar las leyes de la aerodinámica. No me importaba, casi la mitad de ellos eran ciclistas de un día que buscaban terminar las 202 millas ese mismo día. No me molestaba brindarles algo de alivio, ya que mi carrera se dividiría en dos días.

A medida que las millas iban quedando atrás, mi mente se aquietó y la radio mental se encendió. Los ciclistas no deben usar audífonos. Para la seguridad es importante estar completamente consciente de la carretera y todo lo que hay alrededor. Pero la mente provee la música. Una canción que va con el ritmo de la carrera invade la cabeza, y es imposible ignorarla.

Afortunadamente, una mujer de mi grupo mencionó que su radio mental se había fijado en "September", una canción disco de finales de los 70 de Earth, Wind & Fire. Era muy buena. Comenzó a sonar en mi cabeza, y pronto tarareaba felizmente la letra.

Entonces, la ruta nos llevó a una colina empinada, y por una larga lengua de asfalto que pasaba por un bosque lleno de inmensos pinos. La última sección del día incluyó un camino de ciclista boscoso, algo inusual, ya que por lo general las carreras de resistencia se hacen en carretera.

Ya estábamos a mitad de la carrera, en Centralia, Washington. Tomé un poco de leche con chocolate como bebida de recuperación, y deseé suerte a los otros ciclistas de mi grupo mientras seguían. Poco después, mi esposa me recogió y fuimos al motel donde pasamos la noche.

Otra cosa maravillosa sobre las carreras de resistencia es que hay que comer mucho. No es que se pueda comer mucho, sino que absolutamente se tiene que comer mucho. De otra forma, el combustible se acaba, los músculos sufren calambres y el cuerpo colapsa, y uno no termina la carrera, o tiene un día realmente terrible.

Así que esa noche, por primera vez en años, comí en un Olive Garden. Primero una ensalada con palitos de pan en salsa Alfredo, luego ravioli carbonara con pollo... y no me sentí culpable en lo absoluto. Incluso me comí una barra Cadbury entera en la habitación del motel, como postre.

A la mañana siguiente, comencé el día alrededor de las 6 a.m., tras un desayuno de gofres, otro lujo poco común. No me sentía tan tieso como pensaba, y de nuevo me uní a un grupo rápido.

Pero mientras avanzaba el día, mis piernas no tenían tanta fuerza como antes. Comencé a prestar menos atención al paisaje, enfocándome solo en el camino y en terminar la carrera, algo que mi esposa llama "usar el tallo cerebral".

Cruzamos a Oregón en fila sobre el río Columbia, en un alto puente con tráfico por todos lados, probablemente el momentos más aterrador de la carrera. Luego pasamos mucho tiempo cruzando por una autopista muy anónima.

Entonces, ahí estaba. El marcador que esperábamos, una utilitaria señal de tráfico verde con las palabras más gratificantes del mundo: "Bienvenido a Portland".

Aún quedaban 10 millas. Había que subir por una empinada colina a otro puente que nos llevó cuesta abajo hasta la ciudad en sí. Hubo dolorosos tramos en que había que detenerse, donde parecía que cada semáforo era mi enemigo. Unos cuantos momentos de terror en el tráfico metropolitano.

Y entonces, a la derecha del último semáforo en rojo de la carrera estaba la meta, llena de manos amigables, el parche y el éxito.

Había hecho en promedio más de 19 millas por hora durante la carrera. Para ponerlo en perspectiva, el Departamento de Salud y Servicios Humanos de EE. UU. considera que montar bicicleta a más de 10 millas por hora es ejercicio "vigoroso".

Hice la ruta de 202 millas en doce horas y media, con diez horas y media en el sillín y dos horas en descansos.

Y al igual que todas las demás carreras, dos pensamientos llenaban mi cabeza mientras me dirigía hacia mi esposa y mi perro.

"Dios, que difícil. Nunca volveré a hacerlo". Y "bueno, tal vez la próxima vez la haga en un día".

Más información

Consulte las directrices de actividad física para los estadounidenses en este sitio web del Departamento de Salud y Servicios Humanos de EE. UU.


Artículo por HealthDay, traducido por HolaDoctor.com

© Derechos de autor 2011, HealthDay

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