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El Ébola, a 5 minutos de mi casa

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El Ébola, a 5 minutos de mi casa

Vivo en Silver Spring, Maryland. A dos cuadras de Washington, DC y a 5 minutos de los Institutos Nacionales de Salud (NIH), adonde tratan a Nina Pham, la enfermera que se infectó con Ébola mientras atendía a Thomas Duncan, quien murió en el Health Presbyterian Hospital de Dallas el 8 de octubre. Conozco a este virus maldito desde antes que llegara al país, escribo desde hace años sobre sus síntomas, cómo se propaga, cómo surgió de las profundidas de la selva en Zaire. Pero aquí estoy, escribiendo sobre lo que se siente al tenerlo a la vuelta de la esquina por primera vez.

Mi cabeza dice: "Los NIH transforman los descubrimientos en salud, como afirma su eslogan. Allí, pequeños grupos de pacientes privilegiados pero sin esperanza reciben tratamientos con drogas experimentales que logran prolongarles la vida. Tienen un centro clínico ultra capacitado para lidiar con patógenos súper contagiosos como el Ébola. Todo va a estar bien".

Mi retorcida mente de periodista que repregunta dice: "¿Será este centro tan seguro como el Hospital Emory de Atlanta o el de Omaha, Nebraska, en donde ya trataron con éxito a tres pacientes con Ébola?"

Mi cabeza dice: "Una persona puede contraer el virus del Ébola sólo si no está bien protegida con un traje especial, guantes y barbijos, y entra en contacto directo con fluidos del paciente como sangre, expectoraciones o vómitos (el semen también contagia, aclara el Dr. Luis Ostrosky, profesor de la División de Enfermedades Infecciosas de la Universidad de Texas y director de Epidemiología en el Memorial Hermann-Texas Medical Center). El Ébola, agrega el experto, no se transmite a través de la comida, el agua (de hecho se ahoga enseguida) o el aire".

Mi mente cientificista y evolutiva piensa: "¿Y si el virus muta, cambia, y con ese cambio comienza a propagarse de otra manera? ¿Por aire, por ejemplo?"

Mi cabeza dice: "El Ébola azota a países de África desprotegidos como Guinea, Liberia y Sierra Leona, que tienen sistemas de salud quebrados y sin recursos básicos para lidiar con esta epidemia de alta mortalidad".

Pero mi cabeza sólo tiene que girar 90 grados para ver en TV la audiencia en el Congreso de Estados Unidos, en donde Thomas Frieden, director de los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades (CDC), Anthony Fauci, director del Instituto Nacional de Alergias y Enfermedades Infecciosas del NIH, y directivos del hospital de Texas están explicando por qué dejaron ir a Duncan de la emergencia médica cuándo llegó con fiebre y dijo que venía de Liberia; por qué dos enfermeras se infectaron cuando supuestamente estaban siguiendo el protocolo médico y, además, por qué a una de ellas le permitieron viajar en avión con unas líneas de fiebre.

La razón, la lógica, los hechos y los miedos se combinan en un cóctel complejo cuando un virus nos amenaza. No ayuda a aplacar la ansiedad que el sistema de alerta sanitario del país haya mostrado algunas fisuras. Pero de ahí a no poder frenar un brote, hay un camino muy largo.

Paso al menos dos, tres veces por semana por los NIH, cuando doblo por la avenida Wisconsin camino a algún juego de fútbol o de basketball, a hacer compras en Rockville, hace pocos días para ir a una tienda de música a rentar un clarinete para mi hija. Actividades diarias con Amanda y Brandon, que son mi vida.

Pienso en ellos y en los gérmenes que los amenazan y razono que el Enterovirus D68 es mucho más contagioso y está en casi todos los estados, y ataca a niños... y que la serpiente que vieron unos amigos en Candy Cane, el parque cerca de casa, tal vez es más mortífera. Pero el Ébola es el Ébola... ¿Habremos contribuido con tanto título catástrofe a satanizar a este virus ya de por sí letal? En definitiva el miedo también es una construcción colectiva.

Como periodista apasionada por las enfermedades infecciosas, le daría un abrazo al Dr. Ken Brantly porque sé que está curado, que el virus del Ébola se puede combatir con buena atención médica. No sé si me animaría a lo que dijo el Dr. Peter Piot, uno de los descubridores del virus en 1976: "Yo me sentaría en un vagón de tren lleno de pacientes con Ébola porque sé que si estoy protegido y no tengo contacto físico con sus fluídos, no me contagiaría".

Y sí, siento cosas especiales al saber que Nina Pham lucha por recuperarse en Bethesda. Pero creo firmemente en la ciencia y en la atención médica primaria, la que en definitiva hace falta para fortalecer al cuerpo y que el mismo organismo pueda expulsar al Ébola. 

Suelo decir que la fe no es mi especialidad porque no la puedo ver al microscopio, pero quiero tenerla, para desearle a Nina Pham que se cure. Quiero que el próximo titular sea "Se cura paciente con Ébola en Maryland", mi estado. Y, como dice la doctora de Médicos Sin Fronteras, Micaela Serafini, también espero que los esfuerzos se centren en erradicar la epidemia de África: con el virus muerto allá, ya no habrá que preocuparse. Estos virus son la epítome máxima de la globalización, en definitiva, África puede estar a sólo 5 minutos de mi casa.

 

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